A veces todo me parece tan simple que me asusta. Aunque la propaganda feminista radical parece habernos dejado tranquilos desde hace un tiempo, supongo que tras el hartazgo de éxitos que han obtenido desde su advenimiento al poder con el gobierno del señor ZP, sigue sin ser el momento de bajar la guardia.
Una sociedad preocupada por la crisis económica, el paro, la imposibilidad de llegar a fin de mes y las telarañas en la cuenta bancaria no tiene tiempo para preocuparse del patriarcado, los violentos piropos de género y otros inventos de la propaganda. Ahora hay que intentar sobrevivir, pagar las deudas que se contrajeron por la mala cabeza y el afán de protagonismo de un buen número de personas vacías y rezar para que las cosas no se pongan peor. La época dorada del feminismo de género ha pasado.
Pasó pero ha dejado huella. Una legislación tan progresista que, al amparo del Tribunal Constitucional, permite que haya un trato diferente hacia las víctimas de la violencia según su sexo. Una exaltación de la maternidad hasta tal punto que por mucho que se aprueben leyes de custodia compartida siguen siendo las madres quienes controlan y dirigen la vida de los hijos manteniendo al padre en el papel marginal de canguro de fin de semana y cajero automático todos los días.
El feminismo radical ha permitido pasar de aquella rancia caballerosidad que consideraba tan "inferiores" a las mujeres que prescribía que había que dejarles el asiento en el autobús y la casa y las rentas cuando uno, en un acto de "hombría" decidía irse con otra, a la concepción de un patriarcado en el que el hombre es el dominador, el explotador, el macho que intenta dominar y a quien no le duelen prendas a la hora de ejercer su poder. Antiguamente el hombre se creía poderoso y por eso cedía privilegios a la mujer, actualmente se considera malvado y son los poderes públicos quienes se ocupan de que ceda lo que su mujer necesite y bastante más.

Uno de las grandes mentiras del feminismo radical ha sido uno de sus dogmas de fe: El hombre es el dominador y la mujer la dominada. Desde hace muchos años, quizás desde siempre, la maternidad ha sido muy valorada y ha constituido el núcleo duro del poder de la mujer. Ellas siempre han tenido la sartén por el mango, mientras ellos, aquellos que se creían poderosos, en realidad han sido unos pobrecillos que necesitaban el convencimiento de la paternidad para salir adelante. Ellas han sido las dominadoras porque ellas eran quienes tenían la llave de la creación de nueva vida. Ellas, óvulos que nunca se movieron de su casa y cuyo trabajo fundamental era elegir al hombre-espermatozoide que habría de fecundarlas. Ellos eran los espermatozoides, seres de usar y tirar, a los que nadie quería pero que se necesitaban sólo mientras cumplían una función.
El hombre, el varón, el macho, nunca ha sido el todopoderoso, sino el superfluo, el inútil, el tonto al que se le hacía sentir importante para que trabajase sin rechistar. Fue y será un instrumento más, del que se obtenía provecho dándole sexo o haciéndole creer que era padre de una criatura. La dominación masculina es un engaño, una falacia: Él siempre ha sido el esclavo.
Ellas siguen siendo los óvulos y nosotros los espermatozoides. Desgraciadamente algunas cosas, casi todas, nunca cambian.



