Ya es curioso que el presidente de la asociación de psicólogos clínicos más importante de España, y que según cuentan las malas lenguas tuvo un duro conflicto con el sector feminista de la misma no hace tanto tiempo, sea también un maltratador que ha asumido su culpabilidad mediante confesión de tal modo que se le ha aplicado la pena de veinte meses de prisión (que no cumplirá) y tres años de alejamiento de una mujer a la que golpeó tres veces y llamó puta loca, mujer con la que no convivió y con la que mantenía una relación sentimental desde dos mil veintitrés. Ya es curioso que él la insultara y ella se quedara callada, en ese estado de abnegación tan característico de las víctimas de la violencia patriarcal. Estoy plenamente convencido de que, mientras él la insultaba y la golpeaba por lo menos tres veces, ella le pedía que no siguiera haciéndolo y se cubría con las manos para no sufrir más violencia pero que nunca se atrevió a levantarle la voz ni a llamarle puto loco, sino que le miraba aterrada y bloqueada, sin capacidad de hacer nada para defenderse.
Creo que, como bien dicen los colectivos feministas, tenemos que tener una visión más amplia de la agresión, obtener una narración de lo que ocurrió antes y después, de lo que hicieron cada uno de los participantes en el proceso y de lo que verbalizaron. Sólo sabiendo qué, cómo y por qué, las resoluciones judiciales serán realmente justas y no nos encontraremos con personas que deciden inculparse aceptando una condena que no van a cumplir para eludir otra que acabaría con sus vidas y sus carreras. Sugiere nuestra viceministra que la presunción de inocencia no puede tener valor en nuestro ordenamiento jurídico, y si esto es así siempre será mejor un mal acuerdo que un buen pleito, como ha ocurrido en este caso.